lunes, octubre 02, 2006

¿Qué podemos aprender del DDT, su prolongada demonización-prohibición, y reciente reivindicación?

Hace unas dos semanas la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció su decisión de volver a recomendar el uso del DDT en interiores, en el combate contra la malaria.

Aparentemente, al menos según lo reporta aquí Judi McLeod en un artículo de febrero de 2005, Greenpeace y el World Wildlife Fund (WWF) estaban ya apoyando de manera informal el uso del DDT en África. Sin embargo, si tal era el caso, aún seguían manteniendo formalmente la postura de que el DDT afectaba negativamente la fauna y flora silvestre y que por tanto debía mantenerse su prohibición.

Fue en la década de 1960 que Rachel Carson en su libro “Silent Spring” manifestó que el uso del DDT estaba afectando negativamente la reproducción de aves, y de allí comenzó la batalla que eventualmente llevó a la prohibición del DDT en casi todos los países desarrollados, y en muchos países subdesarrollados con alto riesgo de malaria.

¿Cuál fue la evidencia científica que respaldó la aseveración de que el DDT perjudicaba la fauna y causaba cáncer? Ninguna. No había tal evidencia. Pero los medios y la Corrección Política aceptaron la afirmación de Carson y aumentó la presión para que el DDT fuese prohibido. El resultado, millones de personas murieron de malaria en las décadas siguientes, habiendo podido salvarse por el uso del DDT.

Ahora que la OMS ha anunciado que volverá a promover el uso del DDT para combatir la malaria, simplemente ha revertido una decisión que jamás debió tomar. No se puede poner vidas humanas en riesgo por supuestos males causados al medio ambiente.

Y en cuanto a tomar decisiones que afectan las vidas de seres humanos, como en el caso de la prohibición del DDT, o que dificultan el acceso de las personas a medios que mejoran su calidad de vida, ello no puede hacerse basado en meras conjeturas. El llamado Principio Precautorio, al que se ha dado categoría de sagrado en el ámbito del ambientalismo, es antieconómico, irracional y antihumano. Dicho principio establece que aún si no existe certeza razonable sobre los posibles efectos nocivos de una determinada sustancia o actividad, ésta debe prohibirse o restringirse si existe la mera posibilidad de que ella cause tales hipotéticos efectos nocivos.

Es decir, no podemos hacer nada, porque la vida misma implica incertidumbre. Aprendemos por medio del método de ensayo y error. Así es como avanza la civilización. El Principio Precautorio llevado a su extremo lógico nos llevaría de vuelta a la barbarie.

Entonces, la lección que deberían aprender los ambientalistas y quienes hacen políticas públicas con las afirmaciones apocalípticas de aquéllos, es que hay que tener sumo cuidado a la hora de tomar la decisión de afectar la calidad de vida de seres humanos basándose en conjeturas. Conocemos sobre el medio ambiente mucho menos de lo que nos quieren hacer ver algunos, y antes de tomar una decisión que puede afectar vidas de personas, mejor nos aseguramos de que el beneficio a obtenerse habrá de ser mayor que el costo incurrido.

Porque muy contrario a lo creído por los más puristas de los ambientalistas, no hay nada en este mundo que venga gratis. Es imposible para el ser humano prosperar en civilización, y a la vez conservar el medio ambiente de forma intacta. Lo cierto es que en todas partes del mundo, la gente que vive en ciudades vive mejor y más tiempo que quienes viven en áreas rurales, y mucho más aún que quienes viven en medio de la selva.