jueves, septiembre 21, 2006

¿El fin del principio?

Tom Blankey brinda un análisis que invita a meditar. Señala que las grandes guerras se caracterizan por un patrón de las etapas por las que se pasa en cuanto a estrategia y visión: usualmente inician con una visión moralmente ambigua sobre el enemigo, una limitada concepción de la magnitud de la guerra y una muy restringida aplicación de la violencia.

Pero que eventualmente se alcanza la claridad moral, los objetivos militares se expanden, y las tácticas se tornan ferozmente violentas. Señala varios ejemplos históricos de este proceso, uno de ellos siendo la Segunda Guerra Mundial, que inició con la llamada "Phony War" o "Guerra Falsa" (desde las declaraciones mutuas de guerra entre las potencias europeas hasta que se disparó el primer cartucho entre ellas - aunque ya Polonia había caído), luego pasó a bombardeos limitados y moderados, para terminar con la destrucción casi total de Dresden y Tokio con bombas incendiarias y la obliteración atómica de Hiroshima y Nagasaki.

Anoto yo que antes de que iniciara la Segunda Guerra Mundial, a Hitler se le llegó a considerar en Europa un gran estadista, y frente a las voces disidentes de personas como Winston Churchill (y no muchos más) que apuntaban a que Hitler se estaba rearmando con el horrorífico objeto de volver a librar la guerra contra el resto de Europa, la opinión pública en su mayor parte parecía estar del lado del pacifismo.

Continúa diciendo Blankey que hoy estamos en esa etapa de ambigüedad moral con respecto a la radical agresión islámica. Pero que hay algunos signos de que quizás esa confusión moral está llegando a su fin. Y apunta con ello, por una parte, al discurso del Papa Benedicto XVI la semana pasada, en que citó a Manuel II Paleólogo, emperador bizantino del Siglo XIV, indicando que lo único nuevo que ha traído el Islam ha sido con la espada. Por la otra parte apunta a un artículo de Henry Kissinger hace unas dos semanas, en el que éste señala que las lealtades hacia organizaciones como Al-Qaeda o Hezbollah están reemplazando las lealtades patrióticas o nacionalistas, y que la fuerza de empuje detrás de esta tendencia es la convicción yihadista de que el orden actual es ilegítimo.

Yo pienso que desde el 11 de septiembre hacia acá mucho ha cambiado en la percepción general sobre el peligro de la yihad islámica. En primer lugar, antes se veía como un peligro para los judíos, pero no mucho más que eso. Ahora, en cambio, aunque sigue sin ser el mainstream, hay bastantes voces que señalan hacia el peligro que la yihad islámica representa para todo Occidente. Y es que antes del 11 de septiembre de 2001, prácticamente esas voces no eran escuchadas. Hoy al menos podemos escucharlas.

En segundo lugar, aparte del discurso de Benedicto XVI y del artículo de Kissinger, no hace mucho el Presidente Bush habló del fascismo islámico. Y en Inglaterra, a los pocos días después del anuncio del complot para volar por los aires a miles de personas, hubo personalidades públicas que se atrevieron a señalar que es el Islam que tiene un problema de violencia y terrorismo.

No sé si estamos ya, como apunta Blankey de forma muy interesante, en la fase final de el estadio de ambigüedad moral de esta guerra que está por llegar. Pero ciertamente no estamos en la situación de ignorancia total que había antes del 11/9 de 2001. En todo caso, como ocurrió cuando en Europa la gente se percató poco después de la rendición de Munich en 1938, es necesario que primero nos demos cuenta y aceptemos que el tigre no se volverá vegetariano con que tan sólo cerremos los ojos y nos tapemos los oídos a la realidad.

Parafraseando a Churchill, cuando ello ocurra definitivamente no podremos siquiera hablar de que estamos al final del camino. Ni siquiera que es el principio del fin. Pero eso sí, será clara señal de que estaremos cerca del fin del principio.

1 Comments:

At 18:06, Blogger Francisco J. Ibero said...

Desde luego el enfoque de Blankey es interesante y aporta un rayo de esperanza,que bien la necesitamos.

 

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